
+ B A R T O L O M É
Por la misericordia de Dios Arzobispo de Constantinopla-Nueva Roma y Patriarca Ecuménico
A toda la plenitud de la Iglesia
Gracia, Misericordia y Paz del Salvador Cristo nacido en Belén
Honorabilísimos Hermanos Jerarcas,
Queridos hijos en el Señor:
Habiendo sido considerados dignos una vez más de llegar a la gran fiesta de la Natividad según la carne del Hijo y Verbo de Dios, glorificamos “la inefable e incomprensible condescendencia” del Salvador de la raza humana y Redentor de toda la creación de la corrupción y proclamamos con los ángeles: “Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad”[1].
Cristo se reveló como “Enmanuel” [2], como “Dios con nosotros” y “para nosotros”, como Dios al lado de cada uno de nosotros y “más cerca de nosotros que nosotros mismos” [3]. El Verbo eterno de Dios, que es “consustancial al Padre”, tal y como formuló el I Concilio Ecuménico -cuyo 1700º aniversario ha sido debidamente celebrado por todo el mundo cristiano a lo largo de este año-, “se vuelve como su criatura encarnándose del Espíritu Santo y María la Virgen “para que los seres humanos se volvieran dioses”.
El tropario de la Navidad declara que la Natividad de Cristo “iluminó al mundo con la luz de la sabiduría” y “reveló el significado trascendente y universal” de la vida y de la historia; es decir, la verdad de que solo la fe cristiana puede satisfacer plenamente la búsqueda más profunda de la mente y la sed del corazón, que “no hay salvación en ningún otro”[4] fuera de Cristo. Así pues, el “conocimiento” que “engríe” [5] se ve juzgado por las palabras del Señor: “Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” [6].
El acontecimiento suprarracional de la Encarnación es experimentado y repetido espiritualmente en la vida de los fieles, que aman la epifanía del Salvador Cristo. Tal y como escribe San Máximo el Confesor: “La palabra de Dios nació una vez en la carne, pero desea nacer siempre en el espíritu por amor hacia los que lo desean” [7]. En este sentido, la fiesta de la Natividad, de la Encarnación divina, y de la deificación del género humano por la gracia, no nos remite a un acontecimiento del pasado, sino que nos guía a la “ciudad futura” [8], al reino celestial del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.
En un mundo donde prevalecen los tambores de guerra y el ruido de las armas, resuena el “en la tierra paz” cantado por los ángeles y la voz del Señor bendice a “los que trabajan por la paz” mientras su Santa Iglesia reza durante la Divina Liturgia: “Por la paz que de lo alto viene” y “por la paz del mundo entero”. La fe genuina en el Dios viviente fortalece nuestra lucha por la paz y la justicia incluso cuando nos encontramos con impedimentos humanos insuperables. Tal y como declara de manera inspirada el Mensaje del Santo y Gran Concilio de la Iglesia Ortodoxa -cuyo décimo aniversario celebraremos el año que viene-: “el ungüento de la experiencia religiosa debe ser usado para curar las heridas y no para avivar el fuego de los conflictos militares” [9].
El evangelio de la paz nos concierne especialmente a los cristianos. Nos parece intolerable permanecer indiferentes ante la fragmentación del mundo cristiano, sobre todo cuando esta actitud viene de la mano del fundamentalismo y del rechazo explícito del diálogo intercristiano, que en última instancia tiene como objetivo trascender la división y lograr la unidad. La obligación de luchar por la unidad cristiana no es negociable. La responsabilidad de seguir adelante con los esfuerzos de los pioneros del Movimiento Ecuménico junto con la justificación de su visión y su trabajo recae sobre las nuevas generaciones de cristianos.
Pertenecemos a Cristo, que es “nuestra paz” [10] y “la plenitud del gozo” en nuestra vida, la “buena voluntad” que surge de la convicción de que “la verdad ha llegado” y “la sobra ha pasado”, de que el amor es más fuerte que el odio y la vida lo es más que la muerte, de que el mal no tiene la última palabra en la vida del mundo, que esta dirigido por Cristo, que “es el mismo ayer y hoy y siempre” [11]. Esta fe debe resplandecer y revelarse en la manera en que honramos la Navidad y las demás fiestas de la Iglesia. La celebración gozosa de los fieles debe dar testimonio del poder transformador de nuestra fe en Cristo. Debería ser una temporada de buena voluntad y deleite espiritual, la experiencia de esa “gran alegría” [12] inefable que es “sinónimo del Evangelio”.
Honorabilísimos Hermanos y queridos hijos:
En 2026 la Santa y Gran Iglesia de Cristo celebrará el 1.400º aniversario de aquel 7 de agosto del año 626 en que se cantó “de pie” el Himno Acatisto durante la Sagrada Vigilia en la Iglesia de la Madre de Dios de las Blanquernas como expresión de gratitud a la Toda Santa por preservar la Ciudad de Constantinopla del ataque de las fuerzas hostiles. Con ocasión de este hito histórico, el Anuario de 2026 del Patriarcado Ecuménico estará dedicado a la conmemoración de este acontecimiento tan importante para nuestra tradición y nuestra identidad, que están profunda e inseparablemente unidas a la honra que se le tributa a nuestra siempre bendita y purísima Madre de Dios, defensora y protectora de nuestro pueblo.
En este espíritu, postrándonos ante María, que sostiene en sus brazos al Niño Jesús, y adorando al Verbo Divino, que asumió nuestra forma, os deseamos un bendito período festivo y un nuevo año del Señor fructífero en buenas obras y lleno de dones divinos; a Él pertenecen toda gloria, honra y adoración, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.
Navidad de 2025
+Bartolomé de Constantinopla
Fervoroso suplicante por todos ante Dios
- Lc 2,14.
- Mt 1,23.
- Nicolás Cabásilas, ‘La vida en Cristo’, VI, PG 150.660.
- Hch 4,12.
- 1 Cor 8,1.
- Jn 8,32.
- Textos variados sobre teología y economía divina, X, 8, PG 90.1181.
- Heb 13,14.
- Párrafo 4.
- Ef 2,14.
- Heb 13,8.
- Lc 2,10.



