
PATRIARCADO ECUMÉNICO
+ BARTOLOMÉ
POR LA MISERICORDIA DE DIOS
ARZOBISPO DE CONSTANTINOPLA-NUEVA ROMA
Y PATRIARCA ECUMÉNICO
A LA PLENITUD DE LA IGLESIA
GRACIA Y PAZ DE DIOS
✦ ✦ ✦
“Ah ti, María, te cantamos como victoriosa. Tu pueblo ofrece alabanzas de agradecimiento, pues de los apuros, Theotokos, nos has salvado”.
Este año se celebra el 1.400º aniversario del día en que se cantó solemnemente en la Iglesia, con todos los fieles en pie, el ‘kontakion’ en honor a la Madre de Dios ahora conocido mundialmente como Himno Acatisto. Se trata de una pieza poética exaltada y triunfante que, con singular riqueza y expresión elegante, hace referencia tanto desde el punto de vista histórico como teológico a la economía divina de la Encarnación y al papel único que en ella desempeña la Purísima Madre de Dios.
A través de este ‘kontakion’, los fieles en oración saludan reverentemente a la Santísima con el eco repetido de la primera salutación que le dirigió el Arcángel Gabriel, heraldo de gracia y alegría, a la llena de gracia: la palabra “Alégrate”. Mediante esta palabra, “el misterio oculto desde los siglos” se hace manifiesto, y “la suma de nuestra salvación” es llevada a su cumplimiento. La repetición ciento cuarenta y cuatro veces en este himno de la palabra “Alégrate” dirigida a la Bienaventurada Virgen tiene un claro significado místico. Recuerda a los ciento cuarenta y cuatro mil santos puros del Apocalipsis que cantan un “cántico nuevo” con sus arpas ante el trono de Dios y “siguen al Cordero adondequiera que vaya”. Como pueblo de Dios purificado tanto en vida como en doctrina, totalmente entregado al Verbo de Dios encarnado e indisolublemente unido a él, cantan la economía divina salvadora y al mismo tiempo celebran con cantos de alabanza y melodías sagradas a la Gloriosísima Madre del Señor y Madre de la Iglesia y su poderosa protección sobre el piadoso rebaño de Dios.
La apertura del ‘kontakion’, su Proemio (preludio), era originalmente el conocido himno ‘Habiendo recibido místicamente el mandamiento con sabiduría…’, que se refiere exclusivamente a la Anunciación de la Madre de Dios. Esto demuestra que el himno en su totalidad pertenece con propiedad a esa gran fiesta, para la que el oficio de las Salutaciones sirve hasta nuestros días de corona hermosa y ricamente adornada de flores en su antefiesta y postfiesta. Con el paso del tiempo se estableció un nuevo un nuevo himno introductorio (“A ti, María, te cantamos como victoriosa…”) para expresar el agradecimiento del pueblo hacia aquella “a través de la cual se elevan los trofeos” y “a través de la cual los enemigos son derrotados”.
La salvación de la Ciudad y de todo el Imperio del terrible asalto de los ávaros y los persas en ausencia del emperador Heraclio y su ejército, que se encontraban lejos luchando para recuperar la preciosa Cruz de Cristo, se atribuyó con justicia a la poderosa protección y ayuda de la Santísima Madre de Dios, a quien su fundador, el Emperador e Isapóstol Constantino el Grande, le había dedicado con reverencia la Nueva Roma. Recibiendo la súplica incesante y angustiosa del clero y el pueblo, surgida de lo más profundo de sus corazones, la Madre de Dios no solo fortaleció la resolución de los escasos defensores, sino que también obró un gran milagro: arremolinando unos vientos huracanados, provocó la destrucción total de de la flota de los asediadores, que se batieron en desordenada retirada, gracias a lo cual la Ciudad se salvó. Así pues, con toda justicia, “habiendo sido librada de las calamidades”, la Ciudad de la Madre de Dios le dedicó sus himnos a la Santísima, a quien desde entonces denominó “su Campeona”, y por ello ha acudido a ella una y otra vez a lo largo de la turbulenta historia de la Ortodoxia, saboreando dulcemente en cada ocasión su amor y su poderosa protección.
La histórica Iglesia de las Blanquernas (donde, según una antigua tradición, se celebraba una vigilia nocturna cada semana en honor de la Madre de Dios, a menudo en presencia del Emperador) acogió en la noche del 7 de agosto del año 626 a multitudes de fieles que habían sido salvados. Profundamente conmovidos y con lágrimas de gratitud, veneraron a la Madre de Dios y cantaron el ‘kontakion’ con su nuevo proemio como forma de dar gracias y glorificar a Dios y a aquella que, en palabras de San Andrés de Creta, “ocupa el segundo lugar después de la Trinidad”: la Liberadora y Protectora de la Ciudad y de todo el reino.
A partir de ese momento, el Himno Acatisto, obra maestra y radiante de poesía eclesiástica, incomparable monumento de la lengua griega y obra de arte insuperablemente tejida de teología divina, se convirtió en el himno más amado de nuestra vida litúrgica, el más suave deleite del cristiano. Hace mucho fue traducido a numerosos idiomas. Los obispos y sacerdotes lo cantan con contrición. Los monjes lo recitan a diario, y los fieles hacen lo propio con frecuencia a lo largo del año. Los teólogos analizan sus elevados acentos dogmáticos. Los estudiosos del la lengua y la literatura se sumergen en las bellas profundidades de su refinamiento expresivo y su grandeza poética. Los poetas y los pintores se inspiran en sus luminosas imágenes líricas. Los iconógrafos pintan hermosas escenas gracias a su rico contenido. Los maestros de la música eclesiástica lo revisten con elaboradas melodías sagradas. Y, a pesar de ello, el ‘Himno Acatisto’ sigue siendo por encima de todo la oración divina de la Iglesia, la voz del corazón devoto de los cristianos, al mismo tiempo glorificación, acción de gracias, súplica y petición a Aquel “que por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo y se encargó por obra del Espíritu Santo y María Virgen y se hizo hombre”, así como una llamada a Aquella que tiene una especial audacia ante Dios y que, de maneras diversas y en todo tiempo, concede su poderosa ayuda y protección a los piadosos fieles ortodoxos.
El Himno Acatisto llama a todo creyente a la vigilancia, a permanecer erguido y firme en humildad y oración ante los grandes desafíos de nuestra era, en estos dolorosos días de convulsión y guerra que está atravesando la humanidad. Oremos fervientemente para que la Madre de la “Paz de Dios”, conmovida por la piadosa recitación del Himno Acatisto por todos los fieles con compunción y reverencia, actúe de nuevo como “Campeona” de todos los que se sienten agraviados y en peligro, como Protección poderosa de la Iglesia en todo el mundo, concediendo a la raza humana la verdadera Paz de su Hijo, paz “que sobrepasa todo entendimiento”.
27 de marzo de 2026.
Indicción III
Bartolomé de Constantinopla
suplicante en Cristo.
+ Emanuel de Calcedonia, suplicante en Cristo.
+ Ambrosio de Cárpato y Caso, suplicante en Cristo.
+ Apóstol de Mileto, suplicante en Cristo. José de Preconeso, suplicante en Cristo.
+ Melitón de Filadelfia, suplicante en Cristo.
+ Atanasio de Colonia, suplicante en Cristo.
+ Teolepto de Iconio, suplicante en Cristo.
+ José de Buenos Aires, suplicante en Cristo.
+ Cleofás de Suecia y Toda Escandinavia, suplicante en Cristo.
+ Cirilo de Imbro y Tenedo, suplicante en Cristo.
+ Constantino de Denver, suplicante en Cristo.
+ Gregorio de Ankara, suplicante en Cristo.




